Hace unos meses me di cuenta de que había dejado de escuchar discos. Escuchaba canciones — fragmentos, en realidad: los treinta segundos que el algoritmo decidió que eran el gancho — pero un disco entero, de punta a punta, con el orden que alguien pensó durante meses, no. La última vez había sido en un viaje en auto sin señal. Me pareció un dato menor hasta que empecé a ver el mismo patrón en todo lo demás.
Leo artículos en diagonal. Contesto mensajes mientras miro otra cosa. Cocino con un video de fondo que no estoy mirando. En algún momento acepté, sin firmar nada, que la atención plena era un precio demasiado alto para pagar por casi cualquier cosa.
La velocidad como default§
Lo raro es que nadie me obligó. La velocidad no se impone: se ofrece. Cada interfaz que uso está afinada para reducir la fricción entre el impulso y la gratificación, y la fricción — resulta ahora — era donde vivía casi todo lo que me gustaba. El esfuerzo de elegir un disco era parte de escucharlo. La incomodidad de un párrafo difícil era la lectura, no un obstáculo entre la lectura y yo.
Cuando la fricción desaparece, no queda una versión más eficiente de la experiencia. Queda otra cosa, más chica, que usa el mismo nombre.
Pienso en las cosas que sigo haciendo lento, casi por terquedad. El café de la mañana, molido a mano, cuatro minutos que podrían ser cuarenta segundos. Los libros en papel, que no me avisan nada, que no saben cuántas páginas me faltan hasta que las cuento con el pulgar. Las cartas — sí, cartas — que le escribo a un amigo que vive lejos, dos o tres por año, porque hay cosas que no se pueden decir a la velocidad de un chat.
Ninguna de estas costumbres es más eficiente que su alternativa. Ese es exactamente el punto.
Lo lento como lujo§
La palabra lujo está gastada, pero me sirve acá en su sentido viejo: aquello que excede lo necesario. No el oro, sino el margen. Tener tiempo de sobra para una sola cosa es hoy más difícil de conseguir que casi cualquier objeto, y por eso lo pienso como el único lujo que me interesa acumular.
Hay una prueba simple que uso conmigo mismo: ¿puedo quedarme con esto — este disco, este libro, esta conversación — sin buscar nada más durante una hora? Cuando la respuesta es no, el problema casi nunca es el disco.
Estas semanas volví a In a Silent Way, de Miles Davis, un disco que directamente no funciona en modo shuffle: son dos lados largos que se despliegan como una marea, y cortarlos en canciones es no haberlos escuchado. Lo pongo mientras escribo esto y me obliga a un tempo que no es el mío. Mejor dicho: que no era el mío hace una hora.
No quiero romantizar. La velocidad me dio cosas reales: trabajo con gente que está a diez mil kilómetros, aprendo lo que quiero cuando quiero, resuelvo en minutos trámites que a mis padres les llevaban mañanas enteras. No propongo mudarme a una cabaña. Propongo algo más aburrido y más difícil: elegir, algunas veces por día, el camino largo a propósito. No como detox, ni como ritual de productividad — las dos formas más rápidas de arruinar la lentitud es convertirla en técnica — sino como una preferencia estética. Porque las cosas lentas son, casi siempre, más lindas.
El otro día un amigo me preguntó, con ironía justa, si no era un privilegio poder ir lento. Y sí: lo es. Pero me parece revelador que lo sea. Hace cien años el privilegio era la velocidad — los primeros autos, los primeros teléfonos. Que hoy el privilegio sea lo contrario dice algo sobre qué se volvió escaso. La atención entera, sin dividir, es el recurso que ninguna interfaz me puede devolver, porque su negocio es exactamente el inverso.
Así que sigo con el café a mano, los discos enteros, las cartas. No porque me hagan mejor persona — no me hacen — sino porque en esos minutos largos vuelvo a estar en un solo lugar a la vez. Y estar en un solo lugar, me parece, es la forma más antigua del lujo.